İspanyolca Telaffuz ve Vurgulamar - Dinleyerek Öğren 1

Merhabalar.İspanyolcaya yeni başlayan ve bu nedenle, kelimelerin okunuşları ve vurgulanması hakkında bilgi almak isteyen arkadaşlar için de bir güzellik yapayım istedim. Aşağıya Güliverin Yolculukları kitabından ispanyolca bir parça ekleyeceğim ve o parçanın seslendirildiği bir linki sizinle paylaşacağım. Linke tıklayıp hikayeyi sesli olarak dinlerken bir taraftan da buradan metni takip ederek kelimelerin okunuşları ve vurgulama hakkında bilgi edinebilirsiniz. 

Hikayeyi dinlemek için tıklayın!


Okunan Bölüm:



Un viaje a Lilliput (de “Gulliver’s Travels” de Jonathan Swift)
Capítulo 1
Mi padre tenía unas pequeñas tierras en Notthinghamshire y yo fui el tercero de sus cuatro hijos. Me envió a Cambridge a la edad de catorce años y, después de estudiar allí durante tres años, trabajé como ayudante del señor Bates, un eminente cirujano de Londres. Estando allí, como mi padre me enviaba de vez en cuando ciertas sumas de dinero, estudié el arte de la navegación porque pensaba que, en algún momento o en otro, ése sería mi destino.
Tres años después de dejarle mi buen maestro, el señor Bates, me recomendó para que trabajara como cirujano naval en el Swallow, donde viajé otros tres años- Cuando regresé me instalé en Londres y adquirí una pequeña casa, donde viví con mi esposa la señorita Mary Burton, hija del señor Edmund Burton, sastre calcetero.
Mi maestro el señor Bates falleció dos años después y, como tenía pocas amistades, mis negocios empezaron a no marchar demasiado bien. Por esa razón, tomé la decisión de emprender de nuevo otro viaje. Realicé algunos viajes cortos y después acepté la oferta del capitán W. Pritchard, dueño del barco Antílope, que partía rumbo a los Mares del Sur. Salimos de Bristol el 4 de mayo de 1699 y nuestro viaje, al principio, transcurrió con entera normalidad.
Sin embargo, cuando íbamos rumbo a las Indias Orientales nos sorprendió una gran tormenta que nos llevó hasta la isla de Van Diemen. Doce marineros de la tripulación perecieron de hambre y cansancio y los demás estaban en muy malas condiciones. El 5 de noviembre amaneció muy brumoso, pero uno de los marineros divisó una roca enorme que estaba tan solo a cien metros del barco. El viento nos arrastraba hasta ella y en pocos minutos vimos como la nave se partía en pedazos al chocar con ella. Seis miembros de la tripulación, entre los que me contaba yo, logramos hacernos con uno de los botes y remar hasta que estuvimos a tres leguas de distancia. Cansados nos dejamos arrastrar a merced de las olas y poco después el bote fue engullido por una enorme ola. De aquellos que iban conmigo en el bote, ni de mis compañeros de barco supe nada más.
En lo que se refiere a mí la fortuna me arrastró hasta la orilla de aquella isla. Cuando llegué a ella y recuperé las fuerzas me adentré en ella, pero no vi ni el más mínimo vestigio de vida humana. Estaba muy cansado y el calor del sol me dejó finalmente abatido. Me tendí en la hierba y me eché a dormir profundamente.
Cuando me desperté ya había amanecido. Intenté levantarme, pero no pude porque me habían atado de manos y pies, además del pelo. Lo único que podía hacer era mirar hacia arriba. El sol empezó a calentar y la luz me cegaba los ojos. Escuchaba ruidos a mí alrededor, pero no pude ver nada, salvo el cielo. Poco después vi que algo vivo se movía por mi pierna izquierda, avanzó lentamente sobre mi pecho y se me acercó hasta casi la barbilla. Bajando los ojos pude ver a un ser humano que no tenía ni diez centímetros de estatura. Llevaba un arco y una flecha en la mano, además de una aljaba colgada en la espalda. Después noté que unos cuarenta más de esos seres diminutos seguían al primero. Me sentí tan sorprendido que lancé un bramido. Todos corrieron asustados, algunos incluso llegaron a hacerse daño intentando saltar desde mis costados al suelo. Sin embargo, al poco rato regresaron. Uno de ellos, que se aventuró hasta llegar a mi cara, levantó las manos en señal de admiración.
Me sentí tan incómodo que me esforcé todo lo que pude para desembarazarme de aquellas cuerdas. Una vez que logré soltar mi brazo izquierdo di un fuerte tirón para desprenderme de las curdas que me tenían apresado por el pelo. Sin embargo, las criaturas corrieron despavoridos. Cuando apresé a algunos de ellos sentí una descarga de cientos de flechas que se clavaron en mi mano izquierda. También lanzaron otras al cielo que, cuando cayeron, se me clavaron en la cara, por lo que tuve que cubrirme con el brazo. Me retorcí de dolor y, cuando traté de soltarme por completo, recibí otra descarga de flechas mientras que otros intentaban clavarme sus lanzas en el cuerpo. La buena fortuna quiso que llevara puesta mi chaqueta de cuero, tan rígida que no la podían atravesar. Pensé que lo más prudente en aquel momento sería quedarme quieto hasta la noche y entonces intentar escapar. Cuando me vieron que no oponía resistencia dejaron de lanzarme flechas, pero por el ruido que hacían vi que el número de enanos aumentaba.
Durante una hora escuché el ruido de personas trabajando. Luego giré la cabeza todo lo que las ataduras me lo permitían y vi una plataforma de un pie de altura con dos o tres escaleras para subir a ella. Desde allí, alguien que debía de ser una persona muy importante, me dijo muchas cosas, pero no pude comprenderlas porque hablaban una lengua distinta a la mía. No obstante, deduje por las formas que, en ocasiones, me amenazaba, mientras que en otras me hablaba con amabilidad y cierta pena. Yo musité algunas palabras, de la forma más afable que pude. Tenía tanta hambre que les hice señales para que me dieran de comer. Él me comprendió perfectamente y, bajando de las escaleras, ordenó que pusieran dos o tres escaleras a mis costados por las que subieron más de un centenar de aquellos habitantes con cestas llenas de comida.
Había patas de cordero, pero eran tan pequeñas como las alas de una alondra. Me comí dos o tres a la vez, me llenaban la boca con toda clase de comida sorprendidos de ver mi apetito. Luego hice señas para que me dieran de beber. Dedujeron que una pequeña cantidad no sería suficiente y utilizaron el ingenio. Arrastraron un enorme barril, me lo pusieron en la mano y le abrieron la tapa de arriba. Me lo bebí de un trago, ya que no contenía ni un cuatro de litro.
Me trajeron otro barril e hice lo mismo.
Luego hice señas para que me trajeran más, pero me dijeron que ya se les había acabado.
Todavía no me había recuperado de la sorpresa de ver a todos eso diminutos mortales rondando por encima de mi cuerpo y que, viendo que tenía una de las manos desatada, temblaban de miedo al verme de tan enorme tamaño comparado con ellos. Después acudió a verme una persona de alto rango. Su excelencia, subiéndose por mi brazo derecho, avanzó hasta mi cara seguido de un séquito formado por doce personas. Habló durante diez minutos, señalando hacia delante con bastante frecuencia, hacia la capital del reino como pude averiguar poco después. Le hice una señal con la mano pidiéndole que me librar de aquellas ataduras. Pareció entenderme, pero me hizo señas con la cabeza indicándome que ya me habían dado de comer y de beber, y que, por el momento, era más que suficiente.
Su respuesta me hizo intentar escapar una vez más, pero cuando sentí sus afiladas flechas en mi cara y en mis manos, desistí en mi empeño y les hice saber que me rendía.
Me frotaron la cara y las manos con un ungüento que a los pocos minutos alivió el dolor que me causaban las herida de las flechas. El ungüento me dejó adormilado y me quedé dormido. Dormí unas ocho horas. Después me dijeron que me había quedado dormido porque el médico, siguiendo las órdenes del emperador, había vertido una pócima en los barriles de vino.
Parecer ser que, cuando me hallaron dormido en el suelo después de llegar a tierra, el emperador había ordenado que me atasen de la manera que ya he narrado, que me dieran toda la comida y bebida que se me antojase y que prepararan un carro donde pudieran transportarme hasta la ciudad. Tuvieron que trabajar quinientos carpinteros e ingenieros para acometer dicha empresa. Consistía en un enorme marco de madera levantado unos diez centímetros por encima del suelo, de unos dos metros de largo y uno de ancho, movido por veintidós ruedas. Lo difícil era colocarme encima. Tuvieron que utilizar ochenta poleas para ello, además de gruesas sogas que me pasaron por el cuello, las manos, los pies y el cuerpo. Se emplearon novecientos hombres para tirar de las cuerdas y en menos de tres horas lograron colocarme encima de aquel carro y atarme fijamente a él. Mil quinientos caballos que pertenecían al emperador, de unos diez centímetros cada uno, se emplearon para llevarme hasta la capital. Mientras hacían todo aquello dormí profundamente y no me desperté hasta que no habían transcurrido cuatro horas desde que iniciamos el viaje.
El emperador y todos los miembros de la corte salieron a recibirnos, pero los oficiales de más alto rango no permitieron que arriesgara su vida subiéndose encima de mí. El carruaje se detuvo a las puertas de un templo antiguo, el más grande al parecer de todo e reino, donde se suponía que yo debía alojarme. Cerca de la puerta principal, a través de la cual pude pasar con facilidad, me ataron con noventa y una cadenas, parecidas a esas que sujetan los relojes de las señoritas, y las fijaron a mi perna izquierda con treinta y seis candados.
Cuando comprobaron que era imposible que me soltara cortaron las cuerdas que me tenían atado. Me erguí, sintiéndome más triste y apesadumbrado que nunca. Las cadenas que me sujetaban la pierna izquierda eran de unos dos metros de largas, lo que me permitía no solo caminar hacia delante y hacia atrás, sino poder tenderme por entero en el interior del templo. El emperador se acercó hasta mí rodeado de algunos des su cortesanos, todos ellos perfectamente ataviados, me observó con gran admiración, pero se mantuvo a suficiente distancia.
Era algo más alto que los demás miembros de la corte, lo cual ya le hacía destacar, más apuesto y majestuoso que nadie. Para poder contemplarle mejor me eché sobre el costado de tal manera que mi cara quedó a su misma altura. Su traje era sencillo, aunque llevaba un casco de oro adornado con joyas y una pluma. Sostenía la espada en la mano para defenderse en caso de que yo me desatara. Tenía la voz chillona, pero clara. Me habló en diversas ocasiones, y traté de responderle, pero no pudimos entendernos porque hablábamos distintas lenguas.

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